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miércoles, 4 de noviembre de 2015

La próxima guerra.

La próxima guerra.

Hacia una inversión de la situación en el Medio Oriente



La fase de la «primavera árabe» está llegando a su fin. El Kremlin y la Casa Blanca están perfilando ahora el «Medio Oriente ampliado». Pero el acuerdo que habían concluido antes de la intervención militar rusa en Siria pudiera verse modificado por el cambio en el equilibrio de fuerzas. Nada demuestra que Moscú aceptará la estabilización de Siria y que mirará para otro lado mientras se desarrollan los procesos de división de Turquía y de Arabia Saudita, que están por comenzar. En todo caso, el cambio radical que ya se anuncia viene a modificar la situación creada desde hace 5 años. Así que la mayoría de las potencias implicadas están tratando de cambiar de casaca antes que las demás.

La prensa, sea cual sea el país del que hablemos, está actualmente tan ocupada analizando con lupa la posición de su propio gobierno con respecto al Medio Oriente que pasa por alto las negociaciones globales entre la Casa Blanca y el Kremlin, lo cual la lleva a interpretar erróneamente los hechos secundarios. Para aclarar la actual agitación diplomática tenemos que volver al acuerdo de septiembre pasado entre Estados Unidos y Rusia.





La parte pública de ese acuerdo fue formulada por Rusia en un documento distribuido el 29 de septiembre en el Consejo de Seguridad de la ONU. El documento indica que para restablecer la paz y la estabilidad en el norte de África y el Medio Oriente basta con

- Aplicar las resoluciones del Consejo de Seguridad –lo cual implica fundamentalmente la retirada de Israel hacia las fronteras de 1967– y

- Luchar contra la ideología terrorista –o sea, luchar simultáneamente contra la Hermandad Musulmana, creada por el Reino Unido y respaldada por Turquía, y contra el wahabismo propagado por Arabia Saudita.

Lo previsto inicialmente era que Rusia hiciese adoptar una resolución en ese sentido en la reunión del 30 de septiembre en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero, sólo una hora antes de la reunión, Estados Unidos se opuso. Así que Serguei Lavrov presidió la reunión sin mencionar el proyecto. Aunque importante, este incidente debe interpretarse únicamente como un desacuerdo táctico que no debe impedir un acuerdo estratégico.

El 20 de octubre, el presidente ruso Vladimir Putin recibía en el Kremlin a su homólogo sirio Bachar al-Assad. Asistían al encuentro los ministros rusos de Defensa y Relaciones Exteriores, el secretario general del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa y el jefe de los servicios secretos. La entrevista trató sobre la aplicación del plan ruso-estadounidense, incluyendo la del Comunicado de Ginebra del 30 de junio de 2012. El presidente Assad resaltó que él está siguiendo el contenido de ese Comunicado y, sobre todo, que ha integrado a su gobierno los partidos de oposición que así lo solicitaron, conforme a la descripción que contiene el Comunicado de lo que denomina como Órgano Gubernamental de Transición.

Después de verificar que ambos países interpretaban el Comunicado de Ginebra de la misma manera, Rusia y Estados Unidos decidieron meter en cintura a los Estados disidentes, o sea Francia, Turquía y Arabia Saudita. Conscientes de que la posición de Francia no está basada en intereses realistas sino únicamente en un sueño de carácter colonial y en el soborno que ha recibido su gobierno con dinero turco y saudita, la Casa Blanca y el Kremlin decidieron dedicarse únicamente a la fuente del problema, o sea: Turquía y Arabia Saudita. Así que el 23 de octubre, John Kerry y Serguei Lavrov recibieron en Viena a sus homólogos turco y saudita. No se publicó ningún texto final pero parece que Rusia amenazó a los dos invitados sin que Estados Unidos asumiera su defensa.

Temiendo que Rusia y Estados Unidos llegaran a un entendimiento en contra de Turquía y de Arabia Saudita, Francia convocó en París una «cena de trabajo», en vez de una «cumbre diplomática». Alemania, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Estados Unidos, Italia, Jordania, Qatar, el Reino Unido y Turquía no «decidieron» sino que «abordaron» el futuro de Siria. El formato de esta reunión corresponde al del «Core Group» de los «Amigos de Siria», exceptuando a Egipto, que en secreto ya se puso del lado de Siria. Pero, dado que Francia no podía hacer otra cosa que invitar a Estados Unidos, la reunión no arrojó resultado. Este encuentro tampoco llegó a producir un texto final.

Finalmente, el 30 de octubre, Estados Unidos y Rusia reunían una asamblea más amplia que incluía a todos los países que habían participado en las dos reuniones anteriores más Egipto, China, Irak, Irán, Líbano, Omán, la Unión Europea y la ONU. La prensa habló muchísimo de la presencia de Irán –que desde el inicio del conflicto se había visto marginado de toda negociación– pero pasó por alto el regreso del Egipto del mariscal al-Sissi, anteriormente excluido por Francia pero que ahora regresa a la escena internacional gracias al descubrimiento de sus nuevas reservas de petróleo, así como la persistente ausencia de la principal potencia regional: Israel. La única explicación posible de esto último es que el Estado hebreo haya obtenido previamente la garantía de que podrá concretar uno de sus objetivos de guerra: la creación de un Estado colonial al norte de Siria.

A los participantes de la reunión de Viena se les invitó a que firmaran una declaración final que solamente los rusos y los iraníes se han tomado el trabajo de dar a conocer. Esto está muy lejos de ser una casualidad ya que en ese documento se asienta en negro sobre blanco la derrota de los halcones estadounidenses. En efecto, en el punto 8 se indica que el «proceso político» –no el «proceso de transición»– será lidereado por los sirios y propiedad de los sirios y que el Pueblo sirio decidirá el futuro de Siria. Esta insistente formulación invalida el documento de Feltman, que constituyó desde hace 3 años el objetivo de los halcones estadounidenses, de los franceses, de los turcos y de los sauditas: la capitulación total e incondicional de la República Árabe Siria.

El proyecto estadounidense sigue adelante a pesar del acuerdo con Rusia

Después de eso, lo siguiente debería ser, lógicamente, meter en cintura a Turquía, Arabia Saudita y Francia, lo cual pudiera hacerse perfectamente manteniendo la búsqueda de los objetivos iniciales de Estados Unidos.

En el caso de Turquía, la victoria del AKP en las nuevas elecciones legislativas del 1º de noviembre sólo agravará la guerra civil, que seguirá extendiéndose y desarrollándose hasta la división del país en dos partes y la posterior fusión del Kurdistán turco, del Kurdistán iraquí y de un territorio árabe sirio ocupado por los kurdos de Siria y Estados Unidos. Ya en este momento, el YPG y Estados Unidos han conquistado juntos un territorio árabe en el norte de Siria. El YPG, que hasta el mes pasado recibía paga y armamento de Damasco, se ha vuelto ahora en contra de la República Árabe Siria. Sus milicianos invaden las localidades conquistadas, expulsan a los maestros árabes y decretan la kurdización forzosa de las escuelas. La lengua kurda, que se hablaba y se enseñaba en las escuelas, se convierte en lengua única y de uso obligatorio. Las milicias de la República Árabe Siria, principalmente los asirios, se ven ahora obligadas a utilizar sus armas para defender sus escuelas frente a sus compatriotas kurdos.

Por su parte, el rey Salman de Arabia Saudita se ve obligado a reconocer su derrota en Yemen, vecino al que invadió, oficialmente para respaldar un presidente prófugo, aunque en realidad lo hizo para explotar –con Israel– el petróleo de la llamada «cuarta parte vacía». Sucesivamente, los Emiratos Árabes Unidos y Egipto se retiraron de la coalición saudita. Los emiratíes decidieron retirarse después de sufrir importantes bajas entre sus oficiales. Los egipcios lo hicieron más discretamente, dejando las operaciones militares únicamente en manos de los israelíes. Los houthis, empujados hacia el norte por los bombardeos, han realizado incursiones en territorio saudita, donde han destruido varias bases aéreas y todo el equipamiento allí desplegado. Los soldados sauditas, casi todos extranjeros bajo uniforme del reino, han desertado en masa obligando al rey a emitir un decreto contra los militares que abandonan su posición. En aras de evitar un desastre militar, Arabia Saudita decidió entonces recurrir a otros aliados… y a la chequera. Así obtuvo de Senegal el envío de 6 000 hombres y de Sudán el envío de 2 000 más. Mauritania todavía sopesa si enviará o no un contingente. Se dice que el rey Salman ha recurrido también al ejército privado Academi (ex Blackwter/Xe), que estaría reclutando actualmente mercenarios en Colombia. El fiasco saudita es imputable directamente al príncipe Mohammed ben Salman, quien reclamó la iniciativa de esta guerra. El príncipe debilita así la autoridad de su padre, el rey Salman, y fortalece la oposición de los dos clanes actualmente excluidos del poder en Arabia Saudita, el del fallecido rey Abdallah y el del príncipe Bandar. Lógicamente, ese conflicto debería conducir a una repartición del poder entre los tres clanes, o sea a una posible partición del reino en tres Estados.

Sólo después de esos nuevos conflicto la paz volvería a la región, con excepción de la parte árabe colonizada por el nuevo Kurdistán, llamada a convertirse en nuevo vértice de los antagonismos regionales, en lugar de Palestina.

Sin embargo, incluso ya escrito, el futuro siempre sigue siendo incierto. La inversión de la correlación de fuerzas entre Washington y Moscú podría modificar el acuerdo ya existente entre ellos.





Las ratas abandonan el barco

Mientras los malos perdedores anuncian sin pestañear que la intervención militar rusa en Siria no está dando los resultados que Moscú esperaba, los yihadistas que tratan de huir se repliegan hacia Irak y Turquía. El general Joseph Dunford, jefe del estado mayor estadounidense, reconoció el 27 de octubre –en medio de una audiencia ante el Senado– que en este momento la situación militar es favorable a la República Árabe Siria. Por su parte, el Comandante Supremo de las fuerzas de la OTAN, general Philip Breedlove, declaró el 30 de octubre, durante una conferencia de prensa en el Pentágono, que es una simple atenuación retórica decir que la situación cambia día a día y que ahora amenaza la seguridad de Europa.

No queda otra solución que aceptar que la alianza entre los partidarios del caos y los partidarios de la recolonización no sólo va a perder la partida en Siria sino que, además, la alianza atlántica ya no puede seguir aspirando a la dominación global. Como consecuencia de ello, una inesperada inquietud conmociona las cancillerías, donde muchos comienzan a decir que ya es hora de lograr la paz… lo cual implica que hasta ahora pensaban de otra manera.

Los «cambios de casaca» que ya se anuncian sobre el tema de Siria tendrán como primera consecuencia la consagración del papel internacional de la República Islámica de Irán y de la Federación Rusa, dos actores que la prensa occidental presentaba –hace sólo 4 meses– como totalmente aislados y condenados a terribles dificultades económicas, dos potencias que ahora constituyen las primeras fuerzas militares –regional, en el caso de Irán, y global, en el caso de Rusia. La segunda consecuencia es que el presidente Assad se mantendrá en el poder, a pesar de las innumerables veces que se ha anunciado –a lo largo de los últimos 5 años– que «tiene que irse».

Ante ese contexto, la propaganda de guerra sigue repitiendo, sin inmutarse, que cuando no son los bombardeos rusos los que matan a los civiles, estos mueren como consecuencia de los bombardeos del ejército sirio, imputación "confirmada" por la madre de las organizaciones terroristas islámicas –la Hermandad Musulmana– a través de su Observatorio Sirio de los Derechos Humanos (OSDH).

La propaganda de guerra sigue repitiendo también que Rusia está deseosa de negociar porque la intervención militar le resulta onerosa –como si Moscú pudiera haber olvidado prever un presupuesto para ello durante el largo proceso de preparación de dicha operación. Siempre lleno de imaginación e inventiva, el director de la CIA, John Brennan, afirma por su parte que Rusia está preparándose para abandonar al presidente Assad, a pesar de que el presidente Putin en persona se reía de esa muestra de autopersuasión durante su reciente intervención en el encuentro del Club de Valdai.

En Francia, la rebelión comienza a extenderse a los medios políticos. Los 4 principales líderes de la derecha –Dominique de Villepin, François Fillon, Alain Juppé y Nicolas Sarkozy– han declarado, cada uno por su cuenta, que es absurdo buscarse la enemistad de Rusia y obstinarse en no reconocer la derrota sufrida en Siria. Pero Alain Juppé, que desempeñó un papel central en el inicio de la guerra, principalmente al firmar un tratado secreto con Turquía, sigue teniendo como objetivo final el derrocamiento de la República Árabe Siria… aunque sea más tarde. Del lado de la izquierda, varios líderes se plantean la posibilidad de viajar próximamente a Damasco.

El hecho es que los cambios previsibles han generalizado el pánico. Al extremo que Nicolas Sarkozy corrió a entrevistarse personalmente con el presidente Putin, como también lo hizo el vicecanciller alemán Sigmard Gabriel, quien se ha pronunciado por el fin de los diferendos y los rencores del pasado y ha llamado a reanudar el diálogo con Rusia.

Ya era hora…

Fuente: Voltairenet

Fuente: www.laproximaguerra.com
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El cierre del cerco estadounidense alrededor de Rusia



La guerra en Ucrania sigue su curso y no se avizora solución. Pero, más que una guerra civil ucraniana es una guerra de agresión contra Rusia, una guerra en la que Estados Unidos utiliza a sus satélites europeos y anglosajones. Las razones de Washington para seguir adelante con esta política extremadamente peligrosa pueden parecer poco claras. Para explicarlas hay que recordar los orígenes de este conflicto.

En 1990, se prometía a la Unión Soviética que la OTAN no trataría de extenderse hacia el este aprovechándose del vacío que dejaba la URSS al retirarse del este de Europa. Hoy en día, Estados Unidos niega haber aceptado ese arreglo, pero el peso de las pruebas sugiere que –en efecto– Washington rompió las promesas que había hecho al entonces líder soviético Mijaíl Gorbatchev.

En 1991 se concretaba el derrumbe de la URSS y las republicas ex soviéticas se convertían en países independientes. En Estados Unidos, los triunfalistas cantaban victoria al referirse a la guerra fría mientras que la economía rusa se caía a pedazos, gracias a los llamados "liberales" rusos, que seguían los consejos occidentales favorables a las políticas económicas "de choque" y las privatizaciones, que en realidad no eran otra cosa que un verdadero saqueo de los recursos naturales rusos. El gobierno de la Federación Rusa cayó en manos de Boris Yeltsin, quien hizo el papel de bufón en la corte del entonces presidente de Estados Unidos Bill Clinton. Yeltsin invitó a sus amigos a enriquecerse, en detrimento del pueblo ruso. Los socios de Yeltsin se paseaban por Moscú en limusinas escoltadas por guardaespaldas enfundados en trajes de lujo que apenas disimulaban las pistolas que portaban.

La mayoría de la población rusa perdió sus ahorros cuando el rublo se desplomó, en dos ocasiones, durante los años 1990. Abuelas de rostros arrugados vendían zanahorias y patatas en las calles mientras que otras trataban de vender zippers y cintas a la salida del metro. Exceptuando a los oligarcas, Rusia estaba depauperada y arruinada. Su pueblo estaba desesperado y en la televisión rusa los predicadores fundamentalistas estadounidenses se apoderaban de los horarios de la madrugada. Estados Unidos se convertía en superpotencia única. Ningún otro Estado podía ya enfrentar la voluntad de Washington, como la URSS lo había hecho en el pasado.





Entre 1999 y 2009, 12 países de Europa oriental se convierten en miembros de la OTAN, entre ellos varias regiones de la ex Yugoslavia, destruida y despedazada por Estados Unidos y sus "aliados" de la OTAN, que utilizaron como pretexto la llamada «responsabilidad de proteger» (R2P). Con sólo mirar un mapa, cualquier persona medianamente inteligente, sin hablar de cualquier miope ruso, puede ver que Estados Unidos ya estaba aplicando una política agresiva que tendía un cerco alrededor de Rusia.

La OTAN y –algo que resulta una ironía– la Unión Europea se han convertido en dóciles instrumentos de una política anti-rusa, a pesar de que una relación de beligerancia con la Federación Rusa no beneficia en nada a la mayoría de los países de Europa occidental. Antes del inicio de esa política, los negocios entre las naciones de Europa occidental y Rusia marchaban viento en popa y a toda vela y Rusia incluso se había convertido en el principal proveedor de gas natural a los mercados europeos. La situación económica de la Federación Rusa había mejorado visiblemente bajo la presidencia de Vladimir Putin.

Putin había llegado a la presidencia de la Federación Rusa a finales de 1999, después de la dimisión de Yeltsin. Aspiraba nada más y nada menos que a insertar la Federación en la comunidad internacional, tanto política como económicamente hablando. Después de los acontecimientos sucedidos en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, Putin expresó de inmediato sus condolencias al entonces presidente George W. Bush, ofreciendo además la solidaridad y respaldo de Rusia.

La historia es bastante conocida. De parte de Moscú, la apertura estaba sobre la mesa, si Estados Unidos la deseaba. Desgraciadamente, Washington siguió actuando según el siguiente principio: «Lo que es mío, es mío. Y lo que es tuyo también.»

En 2003, Estados Unidos y varios de sus satélites de la OTAN atacaron Irak, en lo que fue una flagrante guerra de agresión, sembrando en ese país la destrucción y perpetrando verdaderos baños de sangre… que, por cierto, todavía prosiguen actualmente. En Europa, mientras tanto, la OTAN proseguía su expansión hacia el este. Alarmado, Putin finalmente calificó la política de Estados Unidos y la alianza atlántica de «democracia de los bombardeos» tendiente a imponer la «democracia» por la fuerza en otros Estados. La fuerza era de verdad… pero la democracia era falsa.

La preocupación de Putin ante las llamadas «revoluciones» de colores orquestadas y financiadas por Estados Unidos y sus satélites en Georgia (2003) y en Ucrania (2004) era completamente justificada. En 2008, Georgia emprendió una ofensiva tendiente a conquistar el territorio independiente de Osetia del Sur, lo cual provocó una intervención rusa y la destrucción del ejército georgiano. Tampoco duró mucho la «revolución» de color ucraniana. En 2010, Viktor Yanukovich fue electo presidente de Ucrania. Pero el gobierno de Estados Unidos intensificó sus actividades alrededor de las fronteras rusas, hasta el momento del golpe de Estado contra el presidente Yanukovich, en febrero de 2014. Pareció, por un momento, que Estados Unidos había logrado cerrar el cerco alrededor de Rusia.

La vanguardia de la junta golpista de Kiev se compone de la organización paramilitar de corte fascista Pravy Sektor y del partido político fascista Svoboda. Rápidamente corrieron rumores de que la CIA y otras agencia estadounidenses se habían apoderado de todo un piso en la sede de los servicios de seguridad ucranianos (SBU) en Kiev. Sobre el edificio ondeaban, simbólicamente juntas, banderas ucranianas y estadounidenses. Banderas, estandartes y símbolos del fascismo aparecieron muy rápidamente en manifestaciones callejeras registradas en Ucrania y el colaborador pronazi de la Segunda Guerra Mundial Stepan Bandera fue promovido a la categoría de "padre" de la nación ucraniana. Por supuesto, ahora hay en Ucrania consejeros militares de Estados Unidos, Canadá y Polonia y quién sabe de qué otros países más.

El ministro "ucraniano" de Finanzas es un ciudadano estadounidense; el gobernador de Odesa, Mijaíl Saakashvili, es un prófugo reclamado por la justicia de Georgia; el embajador de Estados Unidos en Kiev se comporta como un procónsul. Y el encargado de aplicar las órdenes de Estados Unidos es el actual "presidente" Petro Porochenko, alias «el rey del chocolate». Se sabe que el equipamiento militar que envían Estados Unidos y otros países occidentales llegan a cambio de un ucraniano granero vacío de recursos. ¿No es una ironía que un movimiento «nacionalista» ucraniano se someta tan fácilmente ante las potencias extranjeras occidentales? Putin comentaba recientemente que el control extranjero sobre Kiev constituye un insulto para los pueblos de Ucrania. Es cierto, pero además los arruina.

Pero no todos recibieron a la junta fascista con los brazos abiertos. En Crimea, la resistencia fue inmediata y encontró apoyo ruso. Se organizó un referéndum y Crimea se reintegró a Rusia. Occidente acusó a Putin de agresor, pasando por alto que fueron Estados Unidos y sus satélites quienes precipitaron la crisis con su respaldo a los golpistas de Kiev. Es la historia del cazador cazado. Por cierto, ya es muy viejo el truco del agresor que acusa a su víctima de haberle agredido… para justificar su futura agresión.

La resistencia popular en Ucrania no se limitó a Crimea. En Odesa, Mariupol, Jarkov, Donetsk, Lugansk, por ejemplo, la oposición a la junta de Kiev rápidamente comenzó a manifestarse. Violencia y represión fueron las respuestas. Kiev ordenó a su ejército liquidar a los disidentes, y estos tomaron las armas para defenderse. Se organizó una resistencia antifascista inspirada en la Guerra Civil Española de 1936. Putin advirtió a la junta de Kiev que utilizar los tanques contra su propio pueblo era una locura. Y tenía razón.

En junio de 2014, el vuelo MH17 de la Malaysia Airlines se estrelló en la región de Donbass. Sin presentar ni la sombra de una prueba, Estados Unidos y la Unión Europea de inmediato atribuyeron la responsabilidad a Putin y las milicias del Donbass. La prensa occidental recurrió a un lenguaje ultrajante, a la propaganda negra y al lavado de cerebro en contra de la Federación Rusa y de Vladimir Putin. Hasta el sol de hoy, Washington y la junta de Kiev siguen ocultando elementos probatorios fundamentales sobre la catástrofe del vuelo MH17 y si lo hacen es porque están tratando de esconder el hecho que fue la junta fascista quien derribó el avión de pasajeros.

La propaganda negra funcionó tan bien que Estados Unidos y la Unión Europea pudieron darse el lujo de adoptar sanciones económicas contra la Federación Rusa, sanciones que todavía están en vigor. Esas sanciones, y las contramedidas que Rusia adoptó en respuesta, han costado miles de millones de euros a los países miembros de la Unión Europea… pero no han costado ni solo centavo a Estados Unidos, que al parecer está desarrollando sus intercambios con Rusia. Los europeos han comenzado a preguntarse por qué son ellos quienes tienen que pagar por la actitud agresiva de Estados Unidos contra Rusia. Pero Washington, actuando siempre a favor de sus propios intereses, sigue controlando con mano firma sus satélites europeos, que hasta ahora siguen obedeciendo la voz de su amo. La aplanadora Estados Unidos/OTAN sigue haciendo su trabajo.

La región de Donbass ha demostrado ser un hueso demasiado duro de roer para la junta de Kiev. Las milicias de esa región, con gran cantidad de combatientes y bien armadas, infligieron severas derrotas a las fuerzas de la junta, que incluso pidieron –y obtuvieron– dos treguas, negociadas en los llamados Acuerdos de Minsk, acuerdos que la junta nunca respetó. Era fácil adivinar que el régimen de Kiev utilizaría los Acuerdos de Minsk para reabastecer sus fuerzas y atacar nuevamente. Las milicias ganaron en el campo de batalla pero perdieron en Minsk. Hay que preguntarse por qué nadie previó que era imposible instaurar la paz y la reconciliación entre las fuerzas fascistas y los antifascistas.





Incluso es posible plantear la cuestión de manera mucho más simple: ¿Por qué aceptarían las víctimas de la masacres perpetradas por la junta someterse a esta si son capaces de resistir? Algunos dicen que Minsk es la única solución pero… ¿para quién exactamente? ¿Cree Moscú que Estados Unidos respetará un acuerdo firmado cuando la experiencia demuestra que no lo hará?

Ucrania sigue siendo el campo de batalla donde Estados Unidos sigue tratando de cerrar el cerco alrededor de Rusia. Washington atribuye a Rusia la responsabilidad de la guerra y la acusa de ser el agresor. Espera que el gobierno ruso acepte la existencia en Kiev de un régimen fascista y bajo tutela estadounidense que constituye una amenaza permanente para la seguridad rusa. Washington acusa a Rusia de no respetar el protocolo de Minsk, cuando en realidad es la junta de Kiev, bajo la dirección de Estados Unidos, quien nunca ha respetado esos acuerdos. Estados Unidos y Europa cierran sistemáticamente los ojos para no ver a los fascistas en Kiev, a pesar de que es difícil no percibir su presencia. Como en la novela de George Orwell 1984, la realidad es lo contrario de lo que se dice.

El gobierno de Estados Unidos trabaja con falsas presunciones, exageradas por exceso de orgullo, olvidando seguramente que toda guerra está llena de sorpresas. Es muy difícil que el cerco estadounidense alrededor de Rusia pueda cerrarse rápidamente en el polvorín ucraniano, a no ser que Moscú capitule creyendo alcanzar así algo de "tranquilidad".

Separar Ucrania de Rusia, rompiendo así con la historia, la cultura, la religión y las relaciones de sangre, que databan de más de mil años, es un proceso que ha encontrado firme oposición. El primer ministro ucraniano Arseny Yatseniuk puede erigir, si encuentra dinero para hacerlo, una nueva Muralla China alrededor de Rusia, pero ni él ni sus camisas pardas lograrán mantener esta separación de otra manera que no sea recurriendo a la fuerza y a la represión contra el pueblo ucraniano. Los europeos deberían tener eso muy presente antes de ir más lejos en el camino que Estados Unidos está imponiéndoles.

Fuente: Voltairenet

Fuente: www.laproximaguerra.com
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